Julián




El desarraigo  que gangrena, las calles  del exilio, el  dolor  de no poder, la partitura de  la  angustia, las  piruetas  del  destino, desaguan en este tango dicho  con palabras que bailan en la punta de la lengua de la vida.



 

Hacía ya bastante tiempo que una añoranza impertinente y persistente arremetía y se metía por dentro de casi todas las horas de sus días y empañaba los cristales de sus noches, por cuyos canales navegaba sin rumbo definido buscando lo que adivinaba que jamás encontraría, puesto que Suecia  no era - ni lo quería ser, ni podría serlo aunque quisiera - Argentina; ni Estocolmo, Buenos Aires.

Tampoco la calle que pisaba lo llevaba al buen camino, ni la luna escandinava iluminaba su destino, ni la gente que encontraba compartía su silencio, ni su angustia encontraba una puerta de salida, ni siquiera las palabras tenían gusto a yerba y medialunas, ni los gestos a vino y empanadas.

Por todo eso, que no era poco, que tampoco era mucho, pero que sabía era todo, Julián  decidió recuperar el derecho a la nostalgia - al que había renunciado enterrándose bajo un manto de rubias melenas y blanquísimas mentiras - y ponerlo inmediatamente a trabajar, sacándolo a pasear para que se empapara  un poco con la escenografía de la tristeza circundante, y para que también, de una vez por todas, o se callara para siempre o lo ayudara a decidir si continuar anclado en puerto ajeno, como ahora, o si pegarle un tiro definitivo y mortal a la distancia, tendiendo un puente transitable y transponible entre el ayer y el mañana, entre el exilio y su verdugo.

Así, y por todo eso, es que llegó a  la decisión de quedarse en casa la noche dominical en compañía de su argentinísima soledad. Ella y él, como antes; los dos, como siempre.

Para festejar su determinación de dedicar las horas nocturnas del domingo  a la tarea de  rascarse sin pudor y escarbar sin temor los granos de su angustia existencial, Julián preparó un manjar que le pareció verdaderamente digno de aplausos, al que luego saboreó poquito a poco, con el mismo placer  animal con que el orfebre borda sus filigranas y el banquero cobra los intereses.

Sí, cumpliendo con lo que se había prometido, pasó la noche devorando insaciablemente todos los tangos de Astor Piazzolla, mientras las llamas susurraban despreocupadas en el hogar, junto al cual la noche pacientemente engendraba su estrategia.   

El ambiente no podía ser más sugestivo. En un rincón, reclinado sobre la vitrola,  el perfil palpable de la sombra de Piazzolla, indolentemente apoyado en la pared bajo el cuadro de una luna  llena montada en un caballo sin arreos, acariciaba con todos los dedos del piano, con todas las teclas de sus manos - de manera sensual e incestuosa, brutal y cariñosa - el cuerpo tembloroso de una hermosa milonga hermafrodita, la que calladamente rezaba a todos los dioses del Olimpo implorándoles que la caricia nunca terminara.

Julián mientras tanto, sentado en el sillón junto a la chimenea, totalmente hechizado por la magia del momento, oía y escuchaba los murmullos que su soledad imaginaba; mordía y masticaba los refranes que el lápiz de su inspiración dibujaba en el mantel de su memoria; olía y remolía los bemoles que canturriaba el recuerdo de otros tiempos; y todo eso lo hacía de manera orgásmica, absorbiendo nota por nota; saboreando cada arpegio como si fuera un beso; mamando cada disonancia como si fuera un seno; descifrando cada compás como si escondiera la clave de sus únicos e íntimos secretos; violando cada silencio; sudando como un enamorado, bailando como una mariposa, rezando como un condenado, al mismo tiempo en que la luminosa presencia de Piazzolla, luego de una entrada apoteósica en escena, desenvainaba una filosa orquesta del estuche del pasado  y comenzaba a musitar un tango atípico y disonante, retórico e insinuante, hermético y universal.

Los acordes empezaron a desfilar en una cadencia erótica y pletórica, hasta que finalmente Julián comprendió - justo cuando el  pubis de su hambrienta y excitada soledad se dejaba caer a los pies de la chimenea, exhausto de vagar por la oscuridad en busca de una respuesta que lo consolase - que esas óperas primas fueron paridas con inmenso dolor por la estrecha rendija de la  vagina de un gimiente bandoneón, y que todas ellas  son una espléndida lección de vida imposible de olvidar, y otra de sensibilidad difícil de ignorar, y otra más de profundidad - inexplicable, como todas las verdades - que al mostrarnos el fondo del pozo de la vida, tejequeteteje en la penumbra la epidermis del futuro.

Todas esas músicas con nombre y apellido son esquinas que saben a sangre, como las heridas de la ciudad en la que los aires no serán tan buenos como antes - como dicen - pero que son y serán los Buenos Aires que en ella se respira, dejando intoxicados de amor a todos los que aunque desde cerca o muy cerca, aunque desde lejos o más, viven al compás de los himnos sin palabras, de los versos sin estrofas, de los tangos sin vergüenza.

Después que los últimos refranes sonoros se marcharan caminando por las horas que pasaban sin sentirlas, y recuperando definitivamente las antiguas y olvidadas ganas de vivir, Julián emergió del desarraigo en que había naufragado, sorprendiendo a los dos que antes se acariciaban, bogando desnudos, abrazados, unidos, el uno dentro del otro, bailando como arañas al ritmo del eco de un tango sin raíces que habían plantado en las macetas repletas de malvones que adornaban  las ventanas del domingo.

Piazzolla, para no desentonar, y luciendo una mirada lánguida y nostálgica, calladamente sollozaba de emoción mientras escuchaba el tarareo asimétrico del fuego, que crujiendo desafinadamente transformaba en cenizas las partituras que nunca fueron ni jamás serán escritas, y flotando como sólo él sabía hacerlo, y volando como bien nos enseñó, y partiendo como un disco que termina, subió por la chimenea como el humo, saltando por los techos como un loco, clavándose en el cielo como un ángel, dejando atrás de si, al pie del hogar, en el alma de la gente, en las raíces de la ciudad, en las entrañas del pueblo,  las esquirlas del silencio sincopado que nos legó cuando se fue sin irse, porque antes de partir dejó su firma tallada para siempre en las dulces hamacas de las plazoletas de  barrio, y sus quejidos sentimentales indeleblemente pintados en los adoquines de las calles suburbanas, y su mirada, y su emoción, grabadas en la memoria que viaja por las inolvidables vías del tranvía,  y todo eso, y todo eso, y todo todo eso no se borra ni se olvida, porque son las cicatrices con que se tapizan los discursos sin sentido, los reproches sin palabras, las angustias sin remedio, los recuerdos sin fronteras.

Y entonces, justo justo cuando Julián se  preparaba para escalar la chimenea siguiéndole los pasos al maestro,  fue sorprendido por la  indeseable llegada del amanecer del Lunes, el cual, muy enojado por haberse perdido la noche del domingo, y golpeando impaciente  en el vidrio de la ventana que se abría al nuevo día, no le dejó ninguna alternativa y no tuvo más remedio que abandonar el palco, dando por concluída la velada y dejando caer el telón del alba sobre la madrugada que agonizaba sin remedio.

Después, mientras subía uno por uno los peldaños de la escalera que lo llevaba a su habitación, pisando con muchísimo cuidado, como si en vez de escalones fueran baldosas flojas después de la lluvia en una de las calles de su ayer, y silbando un último adiós a Nonino y otro  a la noche que se marchitaba en el florero del tiempo, Julián  supo  que nada de lo ocurrido lo había soñado; que Astor, sí, que Piazzolla, como sólo los brujos lo saben, como apenas los locos lo pueden, como  un  tango, como un genio, vistió de gala a su dominguera soledad, colgando en el ojal del lunes un jazmín que huele a esperanza,  como la vida, y que sabe a nostalgia, como su ausencia.

 

© Bruno Kampel

 

 

 

 

   





 

 

 

 

 

 

 

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