(de Antonio Mengs)
La luna encharca
el mar y crea un templo
Donde se pierden olas y anillos
La pérdida no supone el mayor desconcierto
Si se descubre piedad
Nadie gira al mar su presencia
Ni envía su yo a otro yo, ni canta
Ni sabe de esto o aquello; los ojos
De nadie son los ojos del mar.
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