Víctimas del régimen

 

 
Texto de J. Alejandro Flores R. - México




aleflo@prodigy.net.mx

 

 

 



Nada pasa desapercibido a los ojos del gigante. El más breve sonido de la noche se convierte en el estruendo del día. Los colmillos de los lobos se afilan y se prestan para atacar, la nombradía y la potestad es el único fin. Las buen humoradas y vulnerables carnadas solo cantan la melodía del triunfo. Suponen que ellos ganarán. Se hace alarde de ellos, se dice que son los excelentes, los equitativos, los hereditarios. Las especulaciones se hacen efectivas, uno es émulo del otro. Todos quieren ser carnada y todos son al mismo tiempo la fiera.

Bien fraguado se encuentra el cometido de las sigilosas fieras que avizoran la gran repetición de la noche. La noche de tinieblas en la cual se vive en la penuria, pero en la seguridad que da la indiferencia a los problemas. "Nada nos importa, todo está bien", se dice a veces el gigante dormido, aun en su conciencia de todo. Esa certidumbre es lo que hace que prevalezca la existencia de la fiera, esa comodidad es la que la alimenta engruesando su capacidad de influencia. La fiera cree que ella se hace más fuerte y el gigante cada vez más débil. Sueños frustrados. La certidumbre se acerca al delirio, secuela de la confirmación de la administración anodina, de contradicciones evidentes.

El gigante despierta y la fiera se estremece. La noche retumba porque la luna se retracta en su curso. Las esferas del universo se comprometen a apoyar la transformación, pues todo exige de eso. La noche no logra salir triunfante, el sol se impone ante ella. Si el gigante despierta, las cosas cambian. El sueño es pesado, no es fácil de vencer, esfuerzos relativamente increíbles. Solo cuando se despierta cambia. Si no se pone alerta, nada pasará y la fiera seguirá comiendo del gigante otro sexenio más.










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