El diálogo
Bruno
Kampel
Era una oportunidad que no dejaría escapar. Hacía mucho tiempo que lo
tenía todo planeado, y finalmente las circunstancias le habían sido
favorables.
Cerró con llave la puerta de la habitación. Tomó el teléfono y se
comunicó con la Recepción, pidiendo que no pasaran llamadas hasta
nuevo aviso.
Se dirigió hacia la silla, y se sentó frente a frente, mirándose en
los ojos, como hacía mucho no sucedía, y sin más retrasos, dijo: - Te
guste o no, lo quieras o no, diré ahora todo lo que he callado durante
los últimos años. Y será un monólogo que tendrás que escuchar, sí
o sí, y no aceptaré ningún tipo de interrupción - .
Pequeñas gotas de sudor se acomodaron alrededor de sus labios, los
cuales, como que anticipando el resultado del encuentro, temblaban
imperceptiblemente, imitando las cuerdas del violín.
- Vengo aguantando durante años tus promesas de que mañana será
mejor; de que las cosas serán como las soñamos. He asistido impasible
a todos tus fracasos, y escuché pacientemente todos tus
arrepentimientos.
Simplemente, te lo digo en pocas palabras: estoy harta. Sí, de tí. De
tus mentiras y mentirillas, de las falsas esperanzas. Y esto tiene que
terminar para siempre, porque no puedo ni quiero tolerar más tus idas y
venidas, esta eterna falta de amor, esta ausencia de todas las
esperanzas que siempre dijiste que se harían realidad. ¡No puedo más,
entiendes?... -
Esa última frase la gritó, pero al recordar que no estaba en su casa
sino en la habitación de un hotel, bajó el tono, aunque su voz ya no
era la misma con la que había comenzado. La culpa, pensaba, era de la
respiración entrecortada, del calor, de los nervios, pero,
principalmente, del saber como terminaría el monólogo tantas veces
ensayado.
Tomó un sorbo de agua, como tratando de ganar tiempo para recuperar el
equilibrio, y después continuó, como si cada palabra que pronunciase
fuera una sentencia condenatoria, un peso que le
quitaba de encima a su angustia existencial.
- ¡No puedo más, entiendes!?... No quiero ser una víctima más de tus
fracasos. No permitiré que de nuevo hagas todo lo contrario de lo que
prometes hacer; que mientas cuando debes decir la verdad; que fracases
cuando tienes todas las de ganar.
Porque sabes muy bien quién sufre siempre las consecuencias de tus
actos. Quien paga soy yo; quien pierde soy yo. Y ya estoy harta. Hartísima.
Hasta la mismísima coronilla.
¡No y no y no! ¡Nunca más, me oyes?... ¡Nun-ca más! -
Aún no terminara de pronunciar las últimas palabras, y actuando de
forma incontrolada, como si se hubieran abierto las compuertas de un
dique que estuviera a punto de estallar, se levantó intempestivamente,
totalmente fuera de sí, y movida por una urgencia inaplazable e
intransferible, corrió hacia la cama sobre la cual dejara su cartera.
Alucinada, la abrió y retiró la pequeña pistola con la cual, sin
titubear, le disparó a quemarropa.
Antes que el eco del tiro dejara de flotar en el aire, giró la pistola,
y apoyándola en su corazón, hizo el definitivo gesto, apretando el
gatillo por segunda y última vez.
Una hora después, estudiando la escena de la tragedia, el
investigador policial confirmaba:
- Ella tuvo una muerte instantánea. No me cabe la menor duda que se
trata de un suicidio. Lo que no consigo comprender es la razón que tuvo
ella para, antes de matarse, dispararle un tiro al espejo. ¡Uno ve cada
cosa!....
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