Sus
piernas se abrazaron al temblor de mis vaivenes, y
mi sudor bautizó la
piel de gallina de sus senos.
Mi lengua bailoteó al compás de su lujuria, y su
lascivia acarició la rigidez de mi deseo.
A galope de las horas que miraban
de reojo el toma y daca, nos brindamos sin palabras,
nos tuvimos sin fronteras, prometimos y juramos,
penetramos y salimos, procuramos y encontramos, y
encendidos explotamos.
Desde las bambalinas del nirvana, el amanecer dejó caer
su telón sobre nuestros cuerpos exhaustos, poniendo
punto final a la función de gala de nuestra noche de
amor.