CUENTOS INFANTILES PARA GENTE GRANDE

 

 



 
OLOR A AYER
 
  Bruno Kampel
 

 

Cuando era chico, a Juliancito  le gustaba jugar en el jardín del fondo de su casa, y eso estaba haciendo en una soleada mañana repleta de gorriones y palomas, con el inconfundible aroma de jazmines inundando la escena y las infaltables mariposas hamacándose en las ramas, cuando al dejar vagar la mirada sin rumbo definido, sorprendió a un enorme cactus del jardín del vecino en el exacto momento en que saltaba sobre el alambrado que separaba los terrenos, y en menos de lo que canta un gallo   se abrazaba a un trébol que vivía en la maceta de su casa y  empezaban a besarse en la boca.

Inmediatamente se acercó al hormiguero que funcionaba al lado de la maceta para ver si las jefas de las hormigas - sus amigas Quinta Sinfonía y Arroz con Leche - habían visto lo ocurrido, pero por desgracia para él el hormiguero estaba cerrado por vacaciones y un cartel avisaba que se habían tomado un charter de HormigAir para visitar el jardín de la plaza, así que fue el único testigo del hecho.  

Salió corriendo a contárselo a su mamá, pero ella para variar no le creyó, diciendo lo de siempre - que se dejara de soñar despierto, y otras cosas por el estilo. Esperó la llegada de su papá - que como de costumbre no vino solo, porque la noche siempre lo acompañaba - y también se lo contó, pero él, como siempre, igualito que su mamá, le dijo que parara de leer tantas revistas infantiles y Julio Verne y el Tesoro de la Juventud, que si no, iba a terminar muy mal; o completamente loco, o si no, poeta o escritor, que era mucho peor, se acuerda que le dijo.

Lo mejor de todo es que no pasó mucho tiempo para que su gran venganza se hiciera realidad, lo que ocurrió en una otra mañana de un otro día de un otro mes, aunque en el mismo jardín y con las mismas palomas y gorriones como cómplices, todos deliciosamente embriagados por el inconfundible aroma de los jazmines y por la belleza sobrenatural de las mariposas - que mientras bailaban felices de rama en rama  miraban de reojo el panorama - cuando en la misma maceta que antes fuera palco del extraño noviazgo floreció la verdad en toda su plenitud, porque señoras y señores, el trébol había dado a luz mellizos, lo que confirmaba que todo lo que Juliancito había dicho era la más absoluta verdad, y no un producto de la pura fantasía de un niño candidato al manicomio, o peor todavía, a ser poeta o escritor, como sus padres tanto se temían. Sí. En la maceta - al lado de la orgullosa madre que les estaba cambiando los pañales - estaba la prueba definitiva que lo absolvía para siempre un hermosísimo trébol lleno de púas y un pequeño y maravilloso cactus de cuatro hojas.
 
Por eso, siempre pregunto ¿qué es la verdad, eh?... A ver...a ver... que cada uno cuente la suya. El último paga la cuenta.




 

 

 

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