Pablo Mora -1-

 


 

Autoantología
 
 

Pablo Mora
 

 
 

PARA RECOGER la rabia y la ternura de los sueños. Para escudriñarle los secretos a las piedras. Para adentrarnos en la memoria de los soles. Para recordar la vida de alguien que se llamó Fray Luis y era poeta. O María Bonita a secas. Para encontrarle los quinientos y tantos sinónimos a eso que llamamos elegir.

Para llegar al corazón del hombre que nos mira desde arriba, de la estrella. O desde abajo, nos grita, nos pide le ayudemos

Para afinarle la guitarra a alguna tarde. Para dar con el nombre exacto de las cosas. Para descifrar la semiótica de las flores, las estrellas, los temblores y los pobres.

Para levantarse a las tres de la madrugada a torear la muerte, llena de una larguísima tristeza con tantos pasos para dar con uno.

Para sabernos vivos todavía “bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros”.

Para templarle la cuerda a la esperanza en busca de un pedacito más de vida. Para burlarnos de las comillas de modo que el plagio siga siendo eterno, consubstancial al hombre.

Para saludar a la nieve allá en Saluggia o recordar que a veces el azul está de luto. Para sentir los taladros de la muerte o las pisadas nocturnas del labriego o los pasos de Dios sobre el planeta.

Para saber que al hombre lo vigila el corazón. Para convencernos que roja será la rosa en el azul del sueño. Para llegar al mar y a tanta llamarada viva.

Para caer en cuenta que calladamente, todo, el hombre va dejando. Para acompañar la vida a sol y sombra, donde sea preciso. Para confiar en la vida repentina o en “la dicha de vivir completamente”.
 

Para dar con la lluvia deshojada. Para la soledad, el musgo, el conticinio Para cobijar el soñar de la demencia.

Para la verdad que sólo conocen las estrellas. Para vigilar nuestra rebelde sembradura. Para el fogonazo o la luz total de nuestras cosas.

Dicho entre comillas, para revelar el mundo, el hombre; para protegernos de la muerte con pistolas cargadas, capaces de hacer que cada hombre tenga que inventar cada día.

Para contarle a Manuel Felipe que nadie le canta a la neblina o apenas si se ven las mariposas. Para caer en cuenta de la nada.

Para que el niño de la Tierra tenga al lado de un Platero su guitarra. Para que la ancha pena dolorida se esfume diariamente en la alegría.

Para entonar el sideral concierto del turpial. Para alojar en el alero a la antigua serenata.

Para que a Jara lo lleve una paloma entre sus alas. Para abrirle las puertas a la noche por donde pase la ilusión del alba.

Para que el arco iris vesperal al hombre de la estrella nos remonte. Para que la aurora sea capaz de convertirse en Dios. Y el canto de la alondra instaure la alegría en el viejo dividive.

Para que el arma se deponga pronto y se empuñe la paz de la mañana. Para que cese el cósmico dolor de la galaxia. Para que a tantas guerras desbocadas las detenga un bordón adormecido.

Para saber que está completamente prohibido llorar sobre los vivos y menos aún sobre los muertos.
 

Para abrazarnos a la Paz desde las barricadas de la guerra. Para prestarle al Comandante su montaña, su sierra, sus morteros; su soledad, su naufragio, sus planos, sus trincheras, sus secretos; su escondite, sus manos, sus portentos; para empuñar fusiles nuevamente.
 

Para prestarle su mochila, su escopeta, su carabina, su boina, su barba, su estrella, su bandera o arrechera; su revólver, su camisa, guayabera y documentos.

Sus  botas, su pistola, su dolor, su ternura, su sonrisa, su tormento y recovecos; su frente, su fusil y sus morteros; su fuerza, su foco, su asma, su garganta y su pañuelo.

Su morral, su memoria, sus veredas; su nobleza, su magia y suerte y comunión y poesía y espera; el tiempo que le falte para una Nueva Era.

Para respirar juntos el silencio del silencio del silencio del silencio del silencio...

¡Para esa Gruta Clara y Luminosa!   ¡Toda nosotros, toda violencia, toda muerte!

Para la aspiración. Para la espiración. Para la queja, la aflicción, para el deseo. Para que sople el viento blandamente.

Para respirar el aire que quedó en la infancia. Para juntar todos los pasos y oír la algazara de los sueños. Para los silencios de las sombras que esconden a su Dios. Para el azul que ennegrece en las colinas. Para la aldea sin molinos, para sus casas de cal, sus cafetales, sus veredas, sus esquinas, húmedos de llorar por dentro, de tanto ser testigos.
 

Para el silencio de la arboleda. Para espiar cada aurora y comprobar claramente que el día no existe, que la noche se apoderó del mundo.
 
 

Para enredar las trinitarias con el melindre, la harina y el azúcar del silbido penetrante de la flauta pequeña de los ángeles. Para cantarle a la fogata. Para la serena mirada de la abeja en medio de la plegaria de la violeta y el responso de la araña. Para ese párpado de hormiga que apenas somos.

Para el letargo de las horas, donde yacen el alarido, la conciencia, las carnes vulneradas.

Para despertar a latigazos el silencio.

Para los estambres, las astillas y estallidos.

Para estrenar truenos, trenos, trinos, tiros,
franjas, fraguas, fragores, fogonazos...

 
 




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