17 SONETOS DE AMOR











17 sonetos de Amor




Hay hombres que no aman por temor a naufragar en alma ajena.
José Luis Díaz G.

“El amor es el único lazo que nos hace libres”

M.A.

por Edgar Allan García

garsol@ecuanex.net.ec


-1-



Plagado de soledad, entre la gente
iba mi corazón, lobo olvidado;
huérfano de vida, arrinconado,
sucumbía de sed junto a la fuente.


Nada esperaba de los dioses diligentes
que desdeñaron la herida en su costado;
bajo las estrellas gimió el abandonado
y maldijo aquella multitud indiferente.


Tras dentellada y zarpazo del destino,
acorralado ya por la mortal sequía,
emprendió desbocado hacia el abismo.


Alzó los ojos: solitaria la luna pendía
-crisálida de mujer sobre el camino-
e imaginó que desnuda hacia él venía.


-2-


Mi corazón despertó en desvarío
y a la luz de su sombra clama;
para amar en una misma flama
ya solo pide el soplo del estío.


Desterró tu suave mano el frío
y pronto halló cuerpo mi alma;
ya a esta brasa viva no la calma
ni el dolor temprano ni el tardío.


Renazco fundido en dulce yunta,
atizando un amor que ya no espera,
mientras la razón sin razón apunta.


Desconoce mi cuerpo en esta brega,
el feroz abismo que tus labios junta,
pues henchido de ti, a ti se entrega.


-3-


Un secreto que ensimismado arde
y el ansia voraz que me consume;
una herida que no cierra ni asume
que para el amor nunca es tan tarde.


Le pido a la esperanza que te guarde,
le imploro al tiempo que se apure,
que el delirio insista, que perdure
y, ante el abismo, no se acobarde.


Aunque sólo vea espuma entre la espuma
o se desvanezca en el aluvión tu cara,
tras la huella fresca seguirá el puma.


El viento nos une, el viento nos separa,
divisado el norte, desciende la bruma
y, a punto de unirnos, el cazador dispara.


-4-


Nada detiene tu claridad oscura,
sitiado estoy en esta amanecida,
obligada a ceder va la vencida
calma a sucumbir en la llama pura.


En tu mirada descubro la estatura
del animal atroz que no me esquiva
pues, en esos ojos negros está viva
el alma que atrona en la espesura.


Ahora sé que tu pleamar puede
desgarrar estos muros calcinados
hasta que de la nada, nada quede.


Ahora sé que dormiremos lado a lado
hasta que la luz me rompa las sienes
y, loco de amor, afirme lo negado.


-5-


La edad está en la mirada que enciende
o en el parpadeo que la lumbre apaga.
La edad es el agua que a la tierra gana
o el súbito ardor que nadie entiende.


Disfruto tanto de mi edad de siempre,
los viejos hábitos, la magia cotidiana,
mas reparo en que a tu edad temprana
no amanecieron los frutales verdes.


Y temo que mis redes no te atrapen,
que tus pasos ignoren mi encrucijada,
que otros labios, a tus labios sacien…


Y temo que sombría se levante la alborada,
que en vez de amor, dos silencios pasen,
y que al final, cambies el todo por la nada.


-6-


Te conocí hace siglos en una cueva
levantada sobre el mar de Neptuno;
parecíamos dos, pero éramos uno
retozando en la lejana noche ciega.


Cambió el tiempo, no así la entrega:
juramos que el presente sería futuro,
que un templo haríamos con estos muros
donde ahora tu alma y mi alma juegan.


Ya no irá tras el sol, la luna, sin descanso,
ni habrá de sufrir el sol hasta la muerte
la cruel lejanía de su novia en el ocaso.


Del sembrador depende lo que siembre,
de la proteica tierra, floración o fracaso,
mas juro otra vez: te amaré para siempre.









-7-


Te amaré para siempre, dije un día,
te amaré porque existo al amarte,
no vivirte sería igual que matarte
o vagar por una tierra que no es mía.
x

En este amor despliego toda mi porfía,
por esta locura arriaré mi estandarte;
gozaré, sufriré, hasta aprender el arte
de estar entero y ser feliz en la agonía.


Esta sinrazón mía por la que enhiesto
sobre tu duro vientre naufrago y ardo,
es vértigo voraz en el que presto

me deshago de mí como de un dardo.
En tu cuerpo me hundo con tal exceso,
que no sé, en morir, por qué tanto tardo.


-8-


Si me alejaras de ti, en el vacío
errarán tus sueños más profundos;
no habrá ya presencia en este mundo
que pueda llenar el cauce de este río.


De seguro moriré y morirás de frío,
no hallarás hora ni lugar fecundo;
el invierno caerá, presagio inmundo,
y en todo amor encontrarás el mío.


Despojada de mí, luz extinguida,
me buscarás en ti sin alegría alguna,
sabiendo que tu vida no es mi vida.


El sol navegará en cielos sin luna,
besará la soledad tu alma escindida:
partida en dos, la estrella que era una.


-9-


He de arriesgar la floración y la semilla,
lo que tengo, lo que soy, lo que más arde;
me arriesgaré por valiente y por cobarde,
y a la garra cruel brindaré mi otra mejilla.


Caro he de vender esta vela y esta quilla
con que navegué sin humildad y sin alarde;
caro saldrá lo que entregue y lo que guarde,
pues yo no estoy, sino el Amor, en esta orilla.


Por este Amor me juego el reino entero;
a un golpe lo que quise y lo que quiero,
los siglos sin ti, la eternidad que debo.


Cambiar puedo mi espada por su herida,
bajar los cielos, detener la arremetida;
morir despacio, sí, pero morir de vida.


-10-


Cuando te bebo, cómo me bebes;
mientras me ato, cuánto te atas;
al nacer, bien pronto me matas,
al escapar, cuán pronto me tienes.


Vive el uno en el otro, entre las sienes,
estalla el otro en el uno, cual resaca;
presos del furor, nadie nos rescata;
libres por amor, nada nos detiene.


Siempre en el pensamiento, siempre;
a todas horas tus ojos en mis ojos;
cada paso que doy, tu pie lo siente.


Sobran las palabras, son abrojos;
faltan los minutos más ardientes:
hijos del fuego, seremos sus despojos.


-11-


Estás aquí, tan cerca y tan lejos
que resulta absurdo no tocarte,
y es a la vez imposible no extrañarte,
cual si fueras tú misma y tu reflejo.


Te toca mi aliento en los espejos,
te roza mi ensueño en cada parte,
mas no es igual amarte que amarte
pues si una va conmigo, a otra dejo.


Qué mitad me ama y cual se escapa
en esa división que admiro y temo,
en esa dualidad que suelta y ata.


A quién capturo, a qué me entrego,
qué me dará la vida, quién me mata.
Confiesa, ¿eres tú o tú, en este juego?


-12-


De los dos, soy yo quien muere,
y tú quien vivirá inútilmente;
de los dos, soy yo el demente,
tú la sensatez que no se atreve.


Que el oscuro tránsito sea breve
pues a tajo tan profundo y reciente,
no queda sino inclinar la frente
y pedirle a la noche que no espere.


Preso voy de esta libertad sin alas,
libre al fin en esta celda impuesta.
Lo que fui, se queda a mis espaldas,


lo que seré, no tiene ya respuesta.
Mayor esfuerzo no creo ya que valga:
lo que tanto sumé es lo que ahora restas.





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Bruno Kampel

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